Toca desaprender. Rafael Padilla

Diario de Jeréz

Lo habrán leído en estos días. José Chamizo, Defensor del Pueblo Andaluz, ha alertado de la aparición de un nuevo tipo de menor maltratador de sus padres: junto a quienes lo hacen por alguna adicción, por trastornos de conducta o por haber llegado a ser violentos como resultado de una educación permisiva, aumenta el número de los que así castigan a sus progenitores por no proporcionarles lujos y caprichos de los que hasta ahora venían disfrutando.

El perfil del nuevo maltratador, señala Chamizo, es el de un niño que siempre recibió cuanto quiso, que, perteneciendo a las clases medias o altas, creció en esa absurda carrera consumista por poseer lo último de las marcas sagradas. Hoy la crisis ha colocado a esta generación acunada en la abundancia ante la cruda realidad de una escasez inaceptable para ella. Y, lejos de saber adaptarse a las circunstancias, muchos no encuentran otra respuesta que la de herir y humillar a quienes les acostumbraron a la opulencia.

El fenómeno no debería asombrarnos. Llevamos décadas maleducando a nuestros críos en dos direcciones manifiestamente erróneas. De una parte, creímos poder suplir nuestra compañía (estábamos demasiado ocupados en ganar dinero) sepultándolos en montones de trastos, como si lo importante fuese dar y no darse. Hemos abdicado del oficio de ser padres, delegándolo estúpidamente en instancias perversas. Éstas -la televisión o internet, por ejemplo- les prometían una felicidad comprada, tan engañosa como momentánea, que, ya inalcanzable, les ha dejado solos, con un profundo sentimiento de orfandad transformado por algunos en rabia contra los que perciben como responsables de su súbito vacío. De otra, hemos olvidado, porque nos acomodaba, el valor inestimable de la palabra no, piedra angular de cualquier entrenamiento válido para los azares del mañana. Aplaudidos por las teorías pseudos-pedagógicas que pronosticaban traumas y males sin cuento, hemos acabado dejándoles sin armas frente a la frustración, sin posibilidad eficaz de encarar las desventuras de la vida.

Tampoco es que estos “neomaltratadores” hayan inventado nada. No encuentro demasiada diferencia entre su reacción y la que revela una sociedad obcecada en mantener privilegios insostenibles. Algo tan sencillo de asumir como que no podemos gastar más de lo que ingresamos resulta complejísimo para muchos ciudadanos que, ilusoriamente instalados en el ayer, con la misma inconsciencia y tozudez y semejante ira, siguen exigiendo del Estado cuanto quedó, por desgracia, fuera de nuestro alcance.

Toca, pues, que todos desaprendamos. Otorgar a las cosas su valor cabal; abandonar nostalgias yermas; ganar con esfuerzo nuestra propia supervivencia; comprender, y pronto, que hay paraísos que no volverán. Un lección que jóvenes y mayores tenemos que asimilar con rapidez.

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